miércoles, 11 de mayo de 2011

Nuestra Virgen de la Tirana

La Virgen de la Tirana en
Cuento ganador "Concurso Literario Bicentenario"
Ciudad de Tocopilla
Autora: Celia Lizana V.


Desde muy pequeña anhelé estar presente en una esas importantes celebraciones religiosas en el Norte de nuestro país.

Me refiero a la fiesta de la Virgen de la Tirana.

A principios de este año opté por residir en Iquique, por esas cosas del destino se nos presentó la ocasión de un trabajo, reuní

a mi familia , a mi perra Tily nacida en los lagos del Sur y nos encaminamos hacia el Norte.

Grande fue mi sorpresa, al comprobar la notable diferencia del paisaje del cual estábamos inmigrando. Del verde pasto, sin vacilar por un minuto, nos trasladamos a una polvorienta y gris carretera que en su rededor, sólo se podían apreciar montañas de tierra inerte, alguno que otro cuervo de aspecto cadavérico,una extraviada rata, escondiéndose entre los matorrales como despistando sus huellas dejadas al pasar, indicando que es dueña absoluta del lugar.

En pleno desierto, muchas casitas y pequeños alberges de animitas, un pequeño y descolorido arbustillo esforzándose por sobrevivir a la camanchaca,deslizándose de un lado hacia el otro.

Era nuestra triunfal entrada a la ciudad del oro, a la ciudad del inagotable sol, a una nueva vida, a convivir con los misterios y creencias del Norte.

A disfrutar del ancho e interminable mar, de esas espesas, azules y cálidas aguas, a cambiar el color pálido traído del Sur, pero para ser acariciados por un suave y salado aire marino que provenía de la orilla, es decir de la Costa. Durante el recorrido por estos senderos, me esforcé por encontrar en estos parajes un trocito de meteorito o rara especie tipo piedrecilla que hubiese caído del cielo, para yo descubrir en ella, algún secretillo interplanetario, no había vegetación pero todo lo circundante daba rienda suelta a la imaginación, Luego de rebuscar incansablemente perdidos tesoros, puedo deducir una palpable y fascinante belleza del lugar... Medito, contemplo el lugar, me quedo confundida por el silbar del viento, analizo cuánto me rodea y por fin la encuentro, era esa luminosidad que irradiaba en el espacio, múltiples astros brillando en la noche y un desbordante sol por el día.

A nuestra llegada, fuimos recibidos por una fogosa noche de Marzo. Nos instalamos en una acogedora casita muy cerca del mar. Era un lugar muy apacible. Hasta la entrada del sol. - ¡Sí! - Porque comenzaría a partir de ahí, durante muchas noches, música y más música. Con el viento como mediador llegaban hasta mis oídos y los de mi adorada y fiel compañera Tily, los más graves sonidos de tambores, ambas sufríamos las consecuencias, pues no estábamos acostumbradas a tan estruendoso ruido.

Eran sonidos de trompetas con notas de fiesta. No lograba comprender el porqué. Esta situación, repetíase cada noche y ninguno de los lugareños la cuestionaba. Pasaron los meses, llegó julio. Era la quincena, cuando de pronto, en una de esas tibias mañanas de invierno nortino, un fuerte ruido, golpea mis oídos, era mayúsculo, atisbo mis ojos por un gran ventanal. ¡Muy enorme … fue mi sorpresa! Al observar que bajo el balcón, habían centenares de mujeres, hombres, niños y ancianos, ataviados con las más bellas vestimentas, todas saturadas de un impecable brillo. ¿En qué minuto se congregaron ahí? Fue el alba, cómplice en esta
confabulación? No había respuesta. Sólo, bastaba con ver mi rostro en un espejo, pleno de felicidad por tan hermoso regalo de Dios y era tan sólo para mí.

Bajo mis pies y yo como en un anfiteatro, estaba paralizada de emoción… Aquello que soñé toda mi vida, lo tenía ante mis pupilas, había llegado hasta mí, sin siquiera proponérmelo, ¿qué buena acción había hecho, que yo desconocía hasta ese momento? ¿Quién me premiaba de esta forma?

Podía observar, un poco atónita, rondas de niñas hermosas, que lucían coronas de flores y vestidos de vivos colores, asomaban unas extensas trenzas por los talles de frágiles cuerpecitos que acompañadas de unas coordinadas coreografías, danzaban al ritmo de una música bien compaginada.
Dejaban entrever almidonadas enaguas, cada vez que se inclinaban ante la presencia de la Virgen del Carmen que con una mirada infinita agradecía los rituales de los aldeanos.

Yo, mi familia y mi Tily, pudimos disfrutar de tres días de algarabía, emoción, encantamiento y actos de adoración, esta bienvenida que el pueblo de Iquique nos brindó, sin tener certeza de que era un obsequio muy preciado para esta familia sureña que se le cumplió su sueño.